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Por Jorge Peralta – Lectura 1 minuto

A nivel global, uno de los aspectos más criticados en la empresa familiar es la falta de claridad en los roles de sus miembros, la facilidad de acceso a los altos puestos en la empresa para los miembros de la familia, sin considerar si poseen las competencias para el cargo; así como la falta de racionalidad con que se toman algunas decisiones. Estas descripciones hacen ver a la empresa familiar como una empresa familista (Belausteguigoitia, I. 2013).

De la Cerda y Núñez (1993), definieron a la empresa familista como la extensión de la familia en la actividad empresarial. Esto es, que se rige por valores y estructuras familiares en la empresa característicos de las organizaciones no-profesionales. En la empresa familista, las estructuras y relaciones típicas de la familia se trasladan y perpetúan en el negocio. En ella, la influencia de la familia sobre la empresa es negativa y se manifiesta de formas muy variadas, en las que la empresa se ve obligada a satisfacer una serie de demandas de la familia, algunas claramente contrarias al beneficio del negocio. 

En una empresa familista, los flujos de dinero se manejan de forma desordenada, priorizando necesidades de familia y dejando atrás o ignorando las obligaciones empresariales. Los altos puestos se otorgan a los miembros de la familia propietaria sin considerar si son competentes o no. Peor aún, las asignaciones de funciones son ambiguas y poco claras. La dirección suele ser subjetiva y no existe un sueño compartido en común de largo plazo. La toma de decisiones se centralizada en el fundador o “familiar dominante” de la empresa y se da por intuición. El tema de la sucesión, en todos sus aspectos, es un tema de muy poca importancia; y el riesgo de continuidad es mucho más elevado.

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